Eran las eliminatorias para el Mundial de México 86, era un niño o cipote como dicen en Honduras que no entendía nada de fútbol, mi mamá recibe una llamada que mis tíos estaban en el país, para el partido entre Costa Rica y Honduras.
El día del partido, una mañana soleada, contrario a la tarde-noche del sábado estuvo bastante lluvioso, mi mamá me puso una playera de un equipo de béisbol con colores similares a la bandera hondureña, y así fuimos a visitar a mis tíos al hotel donde se hospedaban, el mismo donde estaba concentrada una de las selecciones.
El partido concluyó 2 a 2 pero seguía sin entender el significado del resultado, pero estaba feliz porque habían venido mis tíos.
Con el pasar de los años comencé a decir una frase que me define mejor que ninguna: mi historia es como la del exjugador Carlos Pavón, hijo de madre hondureña y padre costarricense. Así ha sido siempre mi vida, una mezcla hermosa donde dos banderas conviven en el mismo pecho.
Al final de mi etapa escolar me comenzó a interesar el fútbol, y cada vez que la Selección o un club de fútbol hondureño mi corazón parecía que se saldría del pecho, era nueva oportunidad de compartir con familiares de la nación de la bandera de las cinco estrellas.
Fue hasta la mitad de mi época de colegio que mi sueño se hizo realidad, y por partida doble, primero mi tío vino de visita y coincidió con el partido eliminatorio ante Panamá, si Costa Rica ganaba avanzaba a la siguiente fase donde se enfrentaría a Honduras.
Costa Rica esa mañana sacó el resultado, pero estaba más feliz porque había compartido el partido en el estadio con mi tío.
Para la siguiente fase, donde Costa Rica se enfrentaría a Honduras, mi tío no pudo venir, pero vino mi prima, la hija mayor de mi tío. De antemano ya se había hecho la logística para conseguir boletos para el partido.
El día del partido, cuando ingresamos al partido ya había bastante gente, conseguimos un buen lugar, justo entre la afición costarricense y la hondureña, mientras mi prima estaba bien identificada con la H, yo opté por una camisa blanca.
Costa Rica se puso arriba en el marcador, y luego aumentó la ventaja, pero en el complemento la historia fue otra, Honduras remontó y se dejó el triunfo. Mi camisa terminó multicolor por todos los vasos y bolsas con bebidas (espero que solo hayan sido bebidas) que lanzaron e impactaron en mi espalda, pero estaba feliz porque mi prima pudo disfrutar de un triunfo de la H en su primera visita al país.
En el colegio, el asistente del profesor de Educación Física, quien ya tenía conocimiento por mi sentimiento por la nación hondureña, me preguntó qué con quién iba, le respondí que no quería que ninguno ganara, y él no quedó muy convencido.
Pasaron los años, la Selección hondureña o clubes hondureños seguían viniendo al país, pero las agendas con mis parientes hondureños no coincidían para volverlos a ver la tierra del Pura Vida.
Llegó el fin de mi época de colegio, y ya tenía decidido qué estudiar: Periodismo.
Cada vez que Costa Rica y Honduras se enfrentaban no quería que ninguno ganara.
Obtuve mi título de Bachiller en Periodismo, y aunque no es obligatorio incorporarse al colegio profesional para ejercer, ya me había incorporado.
Poco antes de terminar la carrera, mediados de 1997, vino al país el equipo de mis amores de la Liga Hondureña, el Real Club Deportivo España, no vino ninguno de mis familiares, aunque caía una leve llovizna, me animé a contactar al equipo en el hotel donde estaba hospedado, para ir saludar y conseguir un par de autógrafos, pero más que conseguir un par de autógrafos, conseguí una gran amistad: el directivo en aquel entonces, Fuad Abufele.
Como si fuera ayer, recuerdo levanté el auricular de un teléfono público que estaba en la esquina Sur-Este de un conocido edificio a escasas dos calles del pulmón de San José, el Parque Metropolitano La Sabana y llamé al hotel, la recepcionista me comunicó con Abufele, quien me atendió muy cordialmente.
Llegó el 2001, el año del histórico aztecazo, Costa Rica ganó 1 a 2 en el Coloso de Santa Úrsula, como ciudadano costarricense estaba contento por la hazaña, pero más contento me puso cuando dos semanas después, mis tíos volvieron, esta vez con mi prima, la hermana menor de la que vino en 1992.
En esa ocasión Costa Rica jugaba con Honduras en Tegucigalpa, estaba atónito porque por primera vez en la historia, Costa Rica sacaba un triunfo en partido por eliminatoria en territorio hondureño, mi prima estaba sorprendida por el accionar del representativo hondureño quien no estuvo a la altura, en especial su guardameta, Milton ?El Chocolate? Flores, quien tiempo después falleció trágicamente.
Pasaron los años, y cada vez que Costa Rica y Honduras se enfrentaban, no quería que ninguno ganara, si alguien me decía ?¿Rafa, a quién le vas??, mi respuesta era la misma: ?con el balón?.
Para el 2009, en la eliminatoria para el Mundial 2010 en Sudáfrica, mi amigo Abufele me escribió y me dijo que si me animaba a ir por tierra para el partido en el estadio Metropolitano en San Pedro Sula, donde Honduras ganó 4 a 0, me financiaba el viaje, pero tuve que declinar la invitación porque estaba en finales de cuatrimestre para mi Licenciatura y un compañero de clase me había dicho que el profesor me había advertido que si faltaba una vez más reprobaba el curso (por una capacitación y ver la derrota del Real Club Deportivo España en su debut en el nuevo formato de la Liga de Campeones de CONCACAF en aquel entonces, ya había agotado mis posibilidad de ausentarme de clases), ni siquiera me dio temor la situación que se vivía en Honduras, estaba reciente el golpe de Estado.
Para el 2017, para la eliminatoria para el Mundial 2018 en Rusia, me propuse, sí o sí ir aunque fuera como aficionado al partido en Honduras, más cuando me enteré que se realizaría en el mítico estadio Francisco Morazán, en la ciudad norteña de San Pedro Sula.
Lo más difícil era conseguir el permiso en el trabajo, el cual lo logré, y más cuando se me abrió la posibilidad de representar a un medio de comunicación de Costa Rica: estaba a las puertas de un sueño, cubrir como periodista acreditado el clásico centroamericano, pero por un pequeño inconveniente de logística, tuve que ingresar al estadio como cualquier aficionado.
Con mis herramientas de trabajo en el morral (salveque, mochila), el partido acababa de iniciar y un oficial de las fuerzas armadas o la Policía Nacional se encargó de hacerme la respectiva requisa, antes de ver el partido mi corazón casi se parte en más de dos pedazos, en la revisión noté que algo se cayó de mi mochila y al volver a ver, era mi cámara fotográfica, no sé qué cara tenía que el oficial al verme, apenado por el indecente, dio por finalizada la requisa y me invitó a seguir mi camino para disfrutar del partido.
Cayó el gol de Anthony Lozano, un aficionado hondureño eufórico por la cerveza que estaba tomando y por el gol, me hizo sentir como la escena de la película Terminator 2: El juicio final, donde John Connor le enseñaba al Terminator T-800 give me five (dame esos cinco), cuando este se los dá le deja la mano adolorida al joven actor que interpretaba el papel de John Connor. Con solo acordarme, aún me arde la mano.
Al igual que en otras ocasiones, no quería que ninguno ganara. Al final se me cumplió, 1-1 fue el resultado final. Al salir del estadio, una tarde soleada pero algo fresca, algo poco común en San Pedro Sula por caracterizarse por las altas temperaturas, me dirigí caminando a la oficina de mi tío.
Para la segunda vuelta de esa hexagonal, gracias a unos primos que vinieron a conocer el país poco después de ese partido me integré a la Colonia de Hondureños en Costa Rica, donde curiosamente uno de sus miembros dice que, pese a ser costarricense de nacimiento, soy más hondureño que Lempira y (Francisco) Morazán juntos.
El día antes de la fecha original del partido, el reconocido periodista hondureño Rely Maradiaga, hizo unas tomas y entrevistas con miembros de la Colonia hondureña en Costa Rica para hacer su tradicional documental ?El Toque de Rely?, los cuales los hace con un sentimiento que le estremecen el alma cuando los ve, y tanto este como el que hizo cuando el Real Club Deportivo España logró su último título liguero, son los que más guardo mi corazón.
Las condiciones climáticas que imperaban en el país, obligaron a postergar el partido un día, Honduras necesitaba ganar si o sí para aumentar sus posibilidades de ir al Mundial, Costa Rica con el empate aseguraba el boleto, recuerdo que me puse una camisa azul, y en una bolsa de un supermercado hondureño llevaba la bandera hondureña, por primera vez, tenia más deseo que Honduras ganara, pues Costa Rica en caso de que perdiera, en la última fecha de la hexagonal podía lograr el punto que necesitaba para lograr el ansiado boleto al mundial. Nuevamente el 1 a 1 quedó inmortalizado en el marcador, Costa Rica lograba así el boleto al mundial mientras que Honduras necesitaba una combinación de resultados para lograr el suyo, al final no se dieron y tuvo que disputar el repechaje con Australia el cual perdió.
Se vino la pandemia, y mi corazón palpitaba más que nunca en ambos juegos, para la eliminatoria para el Mundial del 2022, Honduras jugó su peor eliminatoria que he visto, por consiguiente no clasificó al máximo evento balompédico del orbe.
Meses antes del mundial del 2022, sufrí un quebranto de salud que ameritó que me intervinieran quirúrgicamente, al día siguiente de esta intervención surgió una complicación que requirió llevarme al quirófano, en la mesa de operaciones, según me cuentan, surgió otra complicación que tuvo mi vida en vilo, para estabilizarme tuvieron que sedarme, permaneciendo en coma inducido por casi un mes.
En ese lapso, visité el quirófano en varias oportunidades, cuando llegó el momento de despertarme, entubado y todo, como pude, entre las preguntas que hice fue ¿cómo le iba al Real Club Deportivo España en la hoy desaparecida Liga CONCACAF.
Producto del tiempo estuve en coma inducido, perdí la fuerza en las piernas, por consiguiente no podía ni sentarme, no ponerme en pie y menos caminar por mi cuenta. Pasé un año encamado, pero gracias a mi internamiento en el Centro Nacional de Rehabilitación (CENARE), pude volverme a poner en pie y dar pequeños pasos con la andadera.
Tres meses después de eso, tuve la oportunidad de ir a cubrir, con todo y andadera y el apoyo de mi familia, la final del futsal femenino de Costa Rica, una final histórica porque un club alcanzaba un inédito tricampeonato.
Pero para diciembre del 2023, mientras mi mamá se preparaba para hacer los tamales con sabor hondureño, surgió una complicación que ameritó llevarme de urgencia al hospital. Mientras me realizaban estudios, mi condición empeoró al punto que creí que ni siquiera llegaría a tiempo al quirófano. Por primera vez pasé, una Noche Buena, una Navidad y un Año Nuevo en una cama de hospital, pero agradecido con la vida de tener la posibilidad de pasar más de esas fechas con mis seres queridos.
Pese a las adversidades, mi pasión por escribir, sigue innata, y hoy nuevamente, Costa Rica y Honduras se enfrentan en un crucial juego por el ansiado boleto al Mundial, mi corazón parece que se partirá, no quiero que ninguno gane, veré partido desde una silla o una cama, pero con el corazón partido.