Son las 11:51 de la noche del 25 de mayo en Costa Rica. Escribo con el cuerpo todavía en proceso de rehabilitación, recién saliendo del hospital después de casi dos semanas en observación por una lesión que apareció donde ya había una herida. Hay días en que uno no escribe desde el escritorio, ni desde la sala de prensa, ni desde la gradería de un estadio. Hay días en que uno escribe desde la cama, desde la fragilidad, desde ese silencio que deja el dolor cuando obliga a detenerse.
Hoy es uno de esos días.
Y quizá por eso el Día del Periodista Hondureño no me pasa de largo.
Soy periodista deportivo independiente en Costa Rica. Ese es mi oficio, mi trinchera y mi manera de entender el mundo. Pero también llevo raíz hondureña. No como una etiqueta decorativa, sino como una parte profunda de mi identidad. Honduras me atraviesa por la sangre, por la memoria familiar, por el respeto a una tierra que también ha parido voces valientes, cronistas firmes y periodistas que han entendido que informar no es repetir, sino sostener una responsabilidad pública aun cuando el contexto sea difícil.
Por eso este 25 de mayo no lo miro como una fecha ajena. Lo miro con arraigo. Lo miro con gratitud. Lo miro sin presión de nadie, sin consigna externa, sin cálculo político ni conveniencia personal. Lo miro desde el respeto al oficio.
El periodismo hondureño merece ser recordado no solamente en discursos solemnes, sino en la conciencia diaria de quienes entendemos lo que significa salir a buscar una verdad, hacer una pregunta incómoda, narrar una historia olvidada o ponerle nombre a aquello que otros prefieren dejar en silencio.
En el deporte, ese territorio que me corresponde cubrir, uno aprende que ninguna victoria se explica solo por el marcador. Detrás de un gol, de una medalla, de una clasificación o de una derrota hay procesos invisibles: entrenamientos, renuncias, lesiones, noches sin dormir, dudas, recaídas y regresos. El periodismo se parece mucho a eso. Desde afuera se ve la nota publicada, la entrevista, la transmisión, la columna o la crónica. Pero pocas veces se ve el costo humano de sostener el oficio.
Pocas veces se habla del periodista cansado, del comunicador enfermo, del reportero mal pagado, del corresponsal amenazado, del fotógrafo que se juega la integridad en la calle, del narrador que debe contar una tragedia sin quebrarse, del joven que empieza con más vocación que recursos, o del veterano que sigue defendiendo la palabra cuando muchos ya se rindieron al ruido.
Hoy, desde mi propia herida, pienso en todo eso.
Pienso que el cuerpo lesionado también enseña. Enseña que somos vulnerables. Enseña que nadie está por encima del cansancio. Enseña que la pausa no siempre es derrota. Y enseña, sobre todo, que volver también es una forma de resistencia.
El periodista hondureño sabe mucho de resistencia. Sabe de ejercer en medio de tensiones sociales, políticas, económicas y humanas. Sabe que la libertad de expresión no se defiende solo con frases bonitas, sino con trabajo diario, con ética, con valentía y con una lealtad superior: la lealtad hacia la verdad y hacia la gente.
En tiempos donde cualquiera publica, pero no cualquiera verifica; donde muchos opinan, pero pocos investigan; donde el escándalo corre más rápido que el dato; donde la mentira se disfraza de primicia; el periodismo verdadero sigue siendo necesario. Más que necesario: urgente.
Y en Honduras, como en toda Centroamérica, ese periodismo tiene una carga especial. Porque nuestros pueblos conocen la desigualdad, la migración, la violencia, la esperanza, la pasión deportiva, la fe, la dignidad del barrio, el orgullo de la camiseta, la alegría popular y también la tristeza colectiva. Contar eso exige sensibilidad. Exige calle. Exige memoria. Exige humanidad.
El periodista no puede ser solo un observador frío. Tampoco debe ser un militante de sus propios caprichos. Debe ser, ante todo, alguien capaz de mirar con honestidad. De incomodarse. De corregir. De escuchar. De entender que una historia mal contada puede herir, pero una historia bien contada puede dignificar.
Tal vez por eso, esta noche, mientras Costa Rica se acerca al final del día y mi cuerpo sigue intentando sanar, siento que escribir sobre el Día del Periodista Hondureño no es un gesto menor. Es una manera de honrar una raíz. Es una forma de agradecer a quienes abrieron caminos. Es también un recordatorio personal: uno puede estar golpeado, pero la vocación no necesariamente se apaga.
A veces apenas baja la voz.
Y cuando la voz vuelve, vuelve distinta. Más serena. Más consciente. Más humilde.
Hoy no escribo desde la euforia. Escribo desde la recuperación. No escribo desde la comodidad. Escribo desde una herida que todavía exige cuidado. No escribo como quien pretende dar lecciones. Escribo como alguien que reconoce, en la fecha de los periodistas hondureños, una oportunidad para mirar el oficio con respeto y con responsabilidad.
Porque el periodismo no es solamente estar donde ocurre la noticia. También es saber desde dónde se escribe. Y hoy yo escribo desde un cuerpo que se recupera, desde una identidad centroamericana que me acompaña y desde una convicción que permanece: contar la verdad con dignidad sigue valiendo la pena.
Al periodista hondureño, mi respeto.
A quienes han ejercido este oficio con ética, valentía y amor por su pueblo, mi reconocimiento.
A quienes siguen informando en medio de dificultades, mi admiración.
Y a quienes, como yo, alguna vez han tenido que detenerse por una herida, una enfermedad, una pérdida o una pausa inesperada, les digo algo que el deporte enseña muy bien: no todo regreso necesita ser ruidoso. A veces basta con volver a ponerse de pie, tomar aire y escribir la siguiente línea.
Hoy, 25 de mayo, esa línea va por Honduras.
Y va por el periodismo que todavía cree en la verdad.