Mi papá no llegó a la edad de pensionarse. Yo estuve cerca de no cumplir los 50. Y una controversia sobre un crédito que vencería cuando su deudora tenga 96 años me llevó a reflexionar sobre el tiempo que creemos tener.
Noventa y seis años.
Esa es la edad aproximada que tendría la magistrada de la Sala Tercera, Patricia Solano Castro, cuando termine de pagar un crédito personal que ha generado cuestionamientos en la Asamblea Legislativa de Costa Rica.
Treinta años de plazo. Un compromiso financiero que se proyecta hacia un futuro lejano y que, más allá de sus condiciones económicas, ha provocado una discusión que me llamó particularmente la atención: ¿llegará la deudora a vivir lo suficiente para cancelar su préstamo?
La pregunta puede parecer razonable desde una perspectiva financiera. Las entidades que otorgan créditos deben valorar riesgos, garantías y posibilidades de recuperación de sus recursos. Sin embargo, cuando la discusión abandona el terreno técnico y comienza a girar alrededor de los años que supuestamente le quedan de vida a una persona, surge otra interrogante.
¿Quién de nosotros sabe cuánto tiempo le queda?
No pretendo justificar ni condenar las condiciones del crédito. Determinar si se otorgó conforme a la normativa, si existieron condiciones especiales o si las garantías son suficientes requiere examinar documentos, procedimientos y criterios técnicos.
Esa es una discusión legítima, especialmente cuando involucra a una persona que ocupa un alto cargo público.
Pero hay otra dimensión que las cifras, los plazos y las controversias políticas difícilmente pueden explicar.
Y hoy, 5 de noviembre, esa dimensión tiene para mí un significado especial.
Este día se cumple un aniversario más del fallecimiento de mi papá.
Él no alcanzó siquiera la edad que actualmente se establece, como regla general, para optar por una pensión ordinaria de vejez en el régimen de Invalidez, Vejez y Muerte de Costa Rica: 65 años, siempre que se cumplan los requisitos de cotización.
Sesenta y cinco años.
Una edad que para muchas personas representa el inicio de otra etapa. La posibilidad de descansar después de décadas de trabajo, dedicar más tiempo a sus intereses o simplemente disfrutar de una rutina distinta.
Mi papá no llegó a esa edad.
Y mientras hoy escucho discusiones sobre un compromiso financiero que se extendería hasta los 96 años, resulta inevitable pensar en lo diferentes que pueden ser los caminos de la vida.
Algunos no alcanzan la edad de pensionarse. Otros llegan a los 70, 80, 90 años o más y continúan haciendo planes, tomando decisiones y encontrando motivos para seguir adelante.
No existe un calendario que garantice a cada persona determinada cantidad de años.
Podemos calcular cuánto falta para pagar una deuda, para jubilarnos o para cumplir una meta. Lo que no podemos calcular con certeza es cuánto tiempo estaremos aquí para verlo.
Pero mi reflexión no nace únicamente del recuerdo de mi papá.
También surge de una experiencia propia que cambió mi manera de enfrentar la vida.
Antes de cumplir los 50 años estuve al filo de no volver a abrir los ojos.
Y cuando uno ha estado tan cerca de esa posibilidad, el tiempo adquiere otra dimensión.
Desde entonces, vivo un día a la vez.
Eso no significa que haya dejado de pensar en el mañana, que no tenga proyectos o que haya renunciado a construir un futuro.
Significa que he aprendido a no dar por garantizado el próximo amanecer.
Puedo planificar lo que haré mañana, la próxima semana o dentro de varios años. Puedo establecer objetivos y asumir compromisos. Pero también sé que entre lo que imaginamos y lo que finalmente ocurre existe una distancia que nadie puede controlar por completo.
Tal vez por eso me cuesta aceptar que, en medio de una discusión pública, podamos hablar con tanta seguridad sobre los años que le quedan a otra persona.
Mi papá no alcanzó los 65.
Yo estuve cerca de no cumplir los 50.
Y hoy, en el centro de una controversia, aparecen los 96.
Tres edades. Tres circunstancias completamente diferentes. Una misma pregunta:
¿Con qué certeza podemos juzgar el mañana de alguien cuando desconocemos el nuestro?
Envejecer no debería significar que la sociedad comience a decidir cuáles sueños son razonables y cuáles han llegado demasiado tarde.
Una persona puede querer construir una casa a los 60 años, emprender a los 70, regresar a las aulas a los 80 o descubrir una nueva pasión a los 90.
Naturalmente, los proyectos tienen circunstancias y riesgos distintos. Un préstamo exige obligaciones concretas, y ninguna aspiración personal elimina la responsabilidad de cumplirlas.
La edad puede formar parte de una evaluación financiera o actuarial. Lo que cuestiono es que una estimación sobre la esperanza de vida se transforme en una especie de sentencia individual.
Porque una cosa es preguntarse si un crédito fue otorgado responsablemente.
Y otra es hablar como si supiéramos cuándo dejará de existir quien lo recibió.
La esperanza de vida es una herramienta estadística. No es una cita marcada en el calendario de una persona.
Quizás el problema no esté en preguntarnos si alguien llegará a determinada edad, sino en olvidar que esa misma incertidumbre nos acompaña a todos.
¿Qué ocurriría si mañana descubriéramos que tenemos mucho menos tiempo del que imaginábamos?
¿Dejaríamos de hacer planes?
¿Renunciaríamos a nuestros proyectos por temor a no concluirlos?
¿O intentaríamos aprovechar el tiempo disponible para construir, aprender, compartir y seguir viviendo?
No tengo respuestas definitivas para esas preguntas.
Pero sí tengo una convicción: no conocer la duración de nuestra vida no debería impedirnos darle sentido.
Hoy no escribo estas líneas para defender a una magistrada, cuestionar a quienes investigan su crédito ni intervenir en una disputa política.
Las preguntas sobre la legalidad, las condiciones del financiamiento y las responsabilidades institucionales deben responderse con hechos verificables.
Las preguntas sobre el valor del tiempo merecen otro tipo de reflexión.
Escribo porque una cifra que apareció en una controversia pública terminó encontrándose con dos realidades de mi propia historia: la ausencia de mi papá y mi experiencia de haber estado cerca de no despertar nuevamente.
Y porque, en medio de tantos cálculos sobre el futuro ajeno, quizá convenga recordar que ninguno de nosotros tiene garantizado llegar a la edad que aparece en sus propios planes.
No sabemos si estaremos aquí cuando termine un crédito, cuando llegue nuestra jubilación o cuando se cumpla aquel proyecto que hoy nos entusiasma.
Sin embargo, seguimos haciendo planes.
Y acaso ahí reside una de las expresiones más humanas de la esperanza: construir un mañana que nadie puede prometernos.
Este 5 de noviembre, mientras recuerdo a mi papá, no puedo evitar pensar que la vida no siempre nos concede los años que imaginamos.
Por eso intento vivir un día a la vez, sin olvidar que también tengo derecho a soñar con los que todavía podrían venir.
Porque podemos ponerle fecha a nuestros compromisos, a nuestras metas y a nuestros sueños.
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Lo único que no podemos ponerle fecha es al último día de nuestra vida.